Mimono, la nieve, las señoritas piceas y nosotras las mujeres

Mimono me pidió que lo llevara a ver la nieve en la montaña. Al principio me negué: la vida del miquito amazónico podría estar en peligro en temperaturas bajo cero.

Mi amigo insistió: Juanita, llévame y vemos a las señoritas piceas. Ya verás cómo te gustará conocerlas: son fuertes, valientes y seguras de sí mismas. Orgullosas de su edad y con absoluta confianza en el camino escogido.

Ante tal argumento, me dejé convencer.

¿Y si las señoritas piceas fueran unas maestras para las mujeres que llegamos a los cuarenta?

Tiempo de lectura : 15 minutos

© Por las ramas

Juanita, ¿me llevas a ver la nieve en la montaña? Y de paso, saludamos a las señoritas. Te lo aseguro, enseñan.

Tres frases que Mimono no paraba de decirme desde que le conté en el cuento de solsticio de invierno.

Mimono, no estoy segura que sea una buena idea, le respondía. No estas acostumbrado a temperaturas tan bajas.

No es que yo no quisiera llevarlo.  Es que temía por mi amigo. En esta época en los Alpes hace realmente frío.

Llévame, insistía el pequeño simio. No. ¿Qué tal que te enfermes? Por favor, Juanita.

Mimono, la nieve es agua helada, lo sabes, le explicaba. A su contacto sientes un frío como nunca lo has sentido. ¿Cómo cuando pongo mi lengua encima de un cubito de hielo?, me preguntaba. Más, mucho más, le decía. Imagina miles de cubitos rodeando tu cuerpo. 

Tal vez si vamos a ver a las señoritas, nos podríamos inspirar de ellas, insistía muy serio el miquito.

¿Y quienes son “las señoritas” ?, le pregunté un día

Son las piceas, me respondió como si fuera obvio. Las demoiselles de la neige, las misses, las primas de tu arbolito de navidad.

Habitan en la nieve y viven felices.

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 Il maestro venerabile Plinio ya lo decía: “la picea ama las montañas y el frío”.[1] 

Y Master Robert, me contaba que en Grecia las señoritas estaban consagradas a la diosa Artemis, la diosa de la Luna.

Para los pueblos de Europa del Norte, entre ellos los celtas, representaba el nacimiento: el de los niños, el de la luz, el de la vida.[2] 

Juanita, ¿Cómo vamos a iniciar el 2021 sin decirles bonjour? me dijo con su tono más dramático. Por favor, vamos a ver la nieve y a las señoritas.

Que no, Mimono. No insistas. ¿Dónde se ha visto un monito amazónico en temperaturas bajo cero?

Sin embargo, los días que siguieron mi amigo hizo poco caso de mis argumentos.

Juanita, quiero ver la nieve.

Ah, nos vamos a perder a los bosquecitos nevados. 

Juanita, mujer bella y madura… las señoritas podrían ser tus profesoras.

Y así, durante un par de semanas.

Hasta que un lunes por la tarde, la necesidad de bosque fue más grande que el miedo a sentir frío.

Me explico. Mimono llegó a mi vida hace solo unos meses. A pesar de llevar en Europa varios años, es su primer invierno en tierras alpinas.  

Cuando le hablo de abetos y piceas nevados , sus ojitos simiescos se iluminan.  

Desde que lo conocí, me contó su exilio y su errancia por el Primer Mundo. A pesar de ello ha sido un miquito feliz.

Sabe de todo: su infancia y adolescencia la pasó entre grandes Maestros y bibliotecas.  Junto a él mi cultura ha aumentado. Gracias a él creamos Por las ramas.

Juntos cuidamos el bosque por medio de la escritura.

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Pero, aunque pasemos horas enteras hablando, leyendo y aprendiendo, sé que en el fondo algo le falta.

Como les conté en ¿Quién es Mimono?, desde que salió de su Amazonía natal tiene carencias de selva. Además del gran trauma de no poder subirse a los árboles.

Yo vivo en los Alpes y no puedo ofrecerle una jungla.  Pero si puedo llevarlo a lo que tengo a mano: las montañas y sus bosques. Modificados, cortados y utilizados por el hombre desde hace años… pero al fin y al cabo bosques (con árboles de diferentes especies, tallas y edades).

Así que un día de principios de enero me desperté y le dije:

Mimono, te hace falta una bufanda, una chaqueta, un gorrito y botas adecuadas. No puedes subir a la montaña sin abrigo.

Al oírme, brincó de alegría.   

Busqué en las tiendas algo de su talla. No lo encontré.

Le pedí prestado a mi amiga Marie el traje de nieve de su bebé.

 Aunque Valentin tenga tan solo 15 meses, su atuendo era demasiado grande: al ponérselo el pequeño simio flotaba. 

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¿Qué hacer?

Los días pasaban. Mi compañerito miraba por la ventana dando saltitos de impaciencia sobre la mesa; yo buscaba desesperadamente en internet una solución para que el monito no se congelara el día que nos fuéramos de paseo.

En vano: la moda invernal aún no ha inventado atuendos para monitos amazónicos con ínfulas de alpinos. 

Finalmente, la necesidad de bosque le ganó al frío.

Mimono, lo he decidido: este domingo subimos a ver la nieve y a las demoiselles. Pero con una condición: que te quedes dentro de mi chaqueta, te arropes con mi bufanda y solo saques la cabecita. De lo contrario, te congelas. Prometido, me dijo dando saltitos.

Domingo 10 de enero: el día tan esperado ha llegado.

Nos levantamos temprano. Saco del armario mi «top 10 de la nieve» :

  1. Medias pantalón de lana
  2. Medias cortas (también de lana)
  3. Camiseta térmica de manga larga
  4. Chaquetica deportiva (para ponerme encima)
  5. Pantalones (impermeables)
  6. Chaqueta (también impermeable)
  7. Bufanda
  8. Gorro
  9. Guantes
  10. Botas de nieve con forro caliente

Una colombiana preparándose para afrontar el invierno en la montaña.

Prendo el motor, mi amigo entra dando saltitos en el carro. Le pongo el cinturón de seguridad. Listo, nos vamos. Dirección: el cerro poblado de árboles que queda más cerca de mi casa, el mejor amigo de los annecianos: el monte Semnoz.

Annecy y el Semnoz: un pequeño rodeo antes de subir a la montaña

Queridos lectores: antes de continuar con la historia, un pequeño paréntesis para entender donde vivimos Mimono y yo. 😉

La ciudad de Annecy, está situada a 457m de altura. Su clima es continental montañoso, marcado por la humedad. Los inviernos son fríos y nevosos. A veces, después de una tormenta, la nieve cubre el suelo. Árboles, carros y techos se blanquean durante unas horas; pero la mayoría de las veces los copos de nieve caen y desaparecen.

Está rodeada de macizos boscosos y tiene un gran lago.

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Siempre que puedo los fines de semana me doy una vuelta por el bosque. Lo hago desde que llegué a los Alpes. Más que una costumbre es una terapia: es el lugar donde mi cuerpo, mi mente y mi alma se recargan. 

Como les conté en mi primer artículo, Die Waldeinsamkeit, el bosque es un lugar donde siento una infinita confianza en mí y en el universo.

El monte Semnoz culmina a 1 660 msmn.

Alberga un bosque público, ciertamente explotado por su madera (¾ de su superficie) pero con árboles de diferentes edades y especies.  Dominan las piceas (Picea abies),  seguidas por los abetos (abies alba). 

El monte Semnoz posando con  sus bosquecitos de piceas ©Wikipedia, B. Brassoud, CC BY-SA 4.0

Desde hace unos años las hayas, los arces y los alisos van ganando terreno.  También hay madera muerta, elemento necesario para la biodiversidad y el mantenimiento forestal. Como buen bosque que se respete, la fauna salvaje dice “presente”: ciervos, gamuzas, corzos y jabalíes viven en este monte. [3]

Y ahora sí, volvamos con la historia. 😉

Mil seiscientos metros más cerca de la nieve y de las señoritas piceas

Desde que me subo al carro prendo la calefacción: el termómetro marca cero como temperatura exterior. El cielo es gris, bajo. De mi casa al Semnoz hay treinta minutos en coche.  Empezamos a subir la cuesta. El trayecto está marcado por esa bruma blanca grisácea que caracteriza el mes de enero. La luz es poca.

Alrededor nuestro el bosque desnudo parece dormir bajo la nieve.

Vamos subiendo. Abetos, hayas, arces y alisos van dejando paso a las primeras piceas.  Mimono en silencio mira por la ventana. Hay grupos de señoritas a lado y lado del camino, pero la neblina es tanta que apenas se notan sus ramas.  

Llegamos. Varios centímetros de nieve en el suelo. Niebla por todos lados. Desciendo del carro. Mimono, hace mucho frío, por favor, quédate adentro hasta que yo te diga, le advierto. El camino por donde empieza la excursión casi no se ve.

Un arbolito solitario nos da la bienvenida.

©Por las ramas

Bonjour mademoiselle, oigo que le dice Mimono, mientras que yo cambio mis zapatos “de calle” por mis gruesas botas de nieve.

Me pongo gorro, bufanda y dos capas de guantes (los de abajo delgados, los de arriba calientes e impermeables). Aplico un poco de crema en mis labios para protegerlos. Meto al miquito dentro de mi chaqueta. Lo acomodo, cierro bien la cremallera. Cubro su cabecita con la bufanda. ¡Que frío!, pienso. Dudo por el monito. ¿Vamos?, le pregunto. 

To Infinity and Beyond!, me responde el pequeño políglota levantando los bracitos.

Y ahí vamos subiendo la montaña nevada, un mico amazónico y una colombiana.

Siento el viento helado sobre mi cara. Mi nariz y mis mejillas se van poniendo coloradas. La neblina es omnipresente, alrededor todo es blanco.

La cuesta es empinada. Camino rápido para entrar en calor. El miquito no dice palabra.  Mira a la derecha y luego a la izquierda. El paisaje es fascinante y hostil al mismo tiempo.

Una sensación bastante desagradable se instala en la punta de mis dedos: pica, duele, poco a poco se van entumeciendo. La circulación se va interrumpiendo lentamente. Los muevo como si estuviera escribiendo en mi computador. Inútil: el dolor sigue.

Puedo sentir como el viento se cuela por la tela de mis pantalones impermeables, atraviesa mis medias de lana y baja por mis piernas. Miro a mi amigo: el monito amazónico se ha arropado la cara con mi bufanda. Solo se le ven los ojitos.  Me siento un poco irresponsable de traer a un habitante de la Amazonía a semejante paraje alpino.

Mimono, ya viste la nieve. Hoy hace mucho frío, ¿te parece si damos media vuelta?

En ese momento, como por arte de magia la niebla se disipa y detrás de una curva, las bellas aparecen. 

Juanita, ¡mira, les demoiselles !, grita el pequeño simio. 

Las señoritas piceas, las reinas del hielo y de la nieve.

©Por las ramas

Majestuosas, inmóviles, elegantes en medio del silencio de la tarde. Son realmente increíbles. Avanzo lentamente; siento como si estuviéramos entrando en sus dominios. Nos miran curiosas subiendo la cuesta. Mientras que nosotros tiritamos, ellas triunfan a -5 grados.

La neblina se dispersa: a la derecha, a la izquierda, estamos rodeados de bosquecillos de piceas. 

Las contemplo y es como si nos hablaran. Con su sola presencia nos dicen:

Varios kilos de hielo y nieve a cuestas y miren cómo nos mantenemos rectas.[4]  

Miren cómo somos de coherentes. Escogimos vivir en esta tierra helada desde hace miles de años. Nos adaptamos y lo logramos

Miren cómo nos comportamos. Siempre entre nosotras, siempre en el límite con el bosque. Vivimos repartidas en bosquecillos o en solitario.[5]

Miren cómo somos de valientes. No nos movemos de un ápice. Y aquí estamos. Ustedes, que si pueden moverse, correr y ponerse al abrigo; si se quedan quietos en este lugar se mueren del frío. 

Miren por qué desde siglos se nos ha tenido como arbolitos de luz.

En ese instante un rayito de sol se cuela por entre las nubes.

Un segundo después Mimono salta de mi chaqueta y se pone a dar brincos por todos lados. Se le ha olvidado que alrededor de él hiela.

¡La nieve, Juanita! ¡Mira qué bonita!

Unos caminantes pasan y nos miran. Mi mono hace caso omiso, está demasiado contento.

Unos instantes después, se pone a dar vueltas alrededor de los arbolitos.

Mira Juanita, que guapas. Que grandes, que fuertes. Vous êtes belles ! les dice.

©Por las ramas

Me alegra que el miquito esté contento. 

Eso es lo que él necesita: venir al bosque. Tocar los troncos, admirar la grandeza de los árboles.

Así, poco a poco sobrepasara su acrofobia.

Y un buen día se subirá de nuevo en sus ramas.  

Juanita, estamos en presencia de señoritas hechas y derechas.

Como diría Meister Peter Wohlleben:

Si lo ponemos en «tiempo humano» a los 120 años un arbolito acaba de terminar su escolaridad”.

Si las dejamos crecer, llegarán hasta los 300 o 400 años, dice dándoles la vuelta.

Y pensándolo bien, tal vez puedan llegar a los 9 000 años, como su parienta sueca Old Tjikko, de la que te hablé para el artículo “El arbolito que nos trae la luz.”

Asiento. Las contemplo.

Veo al miquito políglota tan feliz que no le digo lo que realmente pienso:

Que, tal vez, estos arbolitos no van a llegar a viejos. Porque, teniendo en cuenta su edad, se les considera maduros. 

En Francia se talan entre los 60 y los 180 años. [6]

Por ende, tal vez los corten este año.

Para el ser humano, estos arbolitos, valen.

Y lo que tiene valor a sus ojos, el hombre lo utiliza.

Su madera blanca y olorosa es muy apreciada en sectores tan diversos como la edificación de casas y la papelería.  Se aprovechan también en la construcción de instrumentos en cuerda. 

Mimono tiene razón: son todavía jovencitas. Aún no han llegado ni a la mitad de la vida y los humanos consideramos que su «vida útil» ha acabado.

Por donde lo miremos, los humanos hacemos una oda a la eterna juventud.

Las lectoras que me están leyendo saben perfectamente de lo que estoy hablando.

Y viendo a Mimono jugar en la nieve alrededor de las piceas, me acuerdo de algo que leí hace poco. En el mercado laboral francés, a partir de 45 años una persona es considerada senior”. [7] Es decir, “mayor”.

Ese día cuando lo leí me dio risa. 45 años. ¿“Senior”?  Yo me siento divinamente. En la mitad de la vida.

Mimono tiene razón: las señoritas piceas son unas maestras para nosotras, las mujeres de cuarenta.

Intrépidas y seguras de sí mismas. Perseverantes. Inmensamente valientes. Bellas al hacerse maduras. Solidarias las unas con las otras. Con una infinita confianza en lo que sigue.

Y veces, (cuando es necesario), solitarias.

Las observo y es como si me dijeran:

Juanita, ¡que manía tienen ustedes los seres humanos de ver “viejos” a los que estamos en mitad de la vida!

Menos mal que el tiempo pasa. Menos mal que uno madura. Que uno coge experiencia de la vida.

A los veinte no se escriben las mismas líneas que a los cuarenta.

©Por las ramas

Queridos lectores (y sobre todo lectoras) … nos encantaría saber qué piensan. Sus comentarios hacen parte de este blog.

Y si les gustó, compartan este artículo y hablen de él (¡y del blog!) 😉


Feliz 2021

Que este año sigamos yéndonos juntos Por las ramas.


Referencias

Foto Mimono, la nieve, las señoritas piceas y nosotras las mujeres: ©Por las ramas

[1] Plinio el Viejo, “Historia natural. Libros XII-XVI”. Editorial Gredos, Madrid 2010

[2] Robert Graves, “Les Mythes Celtes, La déesse blache ». Editions du Roche, 2007, p.218-220.

[3] Office National des Forêts, «Une forêt d’altitude aux portes d’Annecy», disponible en: http://www1.onf.fr/enforet/semnoz/explorer/decouverte/20130828-133101-774969/@@index.html

[4] Peter Wohlleben, “La vie secrete des arbres”, edición Les Arenès, Paris, 2017, p.89

[5] Idem, p.116

[6] Office National des Forêts, «L’épicea, l’abre de Noël», disponible en: http://www1.onf.fr/activites_nature/sommaire/decouvrir/arbres/resineux/20071025-071620-346116/@@index.html

[7]Ministère du travail, de l’emploi et de l’insertion, «L’aide à l’embauche d’un demandeur d’emploi de 45 ans et plus en contrat de professionnalisation», disponible en: https://travail-emploi.gouv.fr/emploi/mesures-seniors/article/l-aide-a-l-embauche-d-un-demandeur-d-emploi-de-45-ans-et-plus-en-contrat-de


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22 comentarios en «Mimono, la nieve, las señoritas piceas y nosotras las mujeres»

  1. Había leído que todos tenemos nuestro animal espiritual, pero es la primera vez que me me encuentro con un árbol que podría ser mi totem. ¡Vivan las pinaceas y su oda a la madurez!

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    • ¡Muchas gracias por tu comentario Tristana! Si, el pequeño simio se ha empeñado en enseñarme los rudimentos del alemán. “Una que otra frase te vendrían de maravilla”, afirma. Por cierto, la idea de ir a la forêt noire le ha parecido inspiradora. Un feliz y dulce año para ti querida Tristana.:)

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  2. Fantástico como logras combinar y transmitir al mismo tiempo emoción, aprendizaje y reflexión, Juanita, debajo de cada capa de sentido del artículo sale otra, casi un «mille feuille. Por aquí hemos estrenado el año con la nevada del siglo, y muchos de nuestros pobres árboles mediterráneos, tan poco preparados como nosotros para el peso de la nieve, han quebrado. Se ve que para resistir con esa dignidad se requiere estar bien arraigado y adaptado a tu entorno.

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    • Pablo, muchas gracias por tu comentario. Un texto “millefeuille”, que piropo tan bonito. ¡Motiva! 🙂
      Si supimos sobre las consecuencias de la tormenta Filomena sobre los árboles en Madrid. Una pena. Claro, ellos no estaban preparados para soportar tanta nieve y tan de repente. Pobrecitos.
      Para los madrileños también debe ser triste perder una parte de su patrimonio verde. 🙁

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  3. Bravissimo !
    Valentin est ravi d’avoir pu permettre à Mimono de s’habiller chaudement pour sa première escapade au milieu de la forêt enneigée !
    Dans quelques mois on passera au chapeau et maillot de bain !
    Bravo pour ce très beau blog… vivement en français… ainsi on pourra lire de belles histoires à Valentin !

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    • Marie, on a essayé les habits… mais il s’est avéré que Mimono n’a pas la belle allure de Valentin. Cependant, le petit singe garde un souvenir de douceur de la journée d’essayage.
      Merci beaucoup pour tes encouragements à écrire en français. Ça va venir… nous sommes sûrs et certains.;)

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  4. Me encanta leer los relatos y aventuras tuyas con Mimono. Estoy aprendiendo mucho sobre el bosque, los diferentes tipos de arboles y claramente Mimono es un sabio. Que buenas reflexiones sobre la edad «madura» y cuan poco entendemos o respetamos a la naturaleza…Me encanta este blog.
    Gracias Juanis,
    Maria Clara

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  5. Me encanta ver como son las que dan la bienvenida, las que se paran a proteger lo que está adentro, las que aguantan los vientos helados y reciben su fuerza para luego dejarlo pasar más suavemente! Son fuertes y maduras como las 40tonas que ya con su sabiduría y fuerza vivida saben proteger a su familia y son capaces de hacerlo todo! Me encantó y me gustaría poderlas conocer algún dia!

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    • Marcela muchas gracias por tu comentario. Es muy visual, muy inspirado. Haces honor a la fuerza y a la generosidad de las piceas.
      Estoy de acuerdo contigo: juntas forman una barrera ante los vientos helados. Gracias por anotarlo.
      Estás invitada a conocerlas. Cuando quieras.:)

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  6. Maravilloso articulo.
    «que mania tenemos los humanos para ver “viejos” a los que estamos en mitad de la vida!
    Tan cierta reflexión, redacción y bonita comparación con las «demoiselles» las piceas, me ha encantado.
    Un texto para reflexionar para las que andamos ahí, en mitad de la vida.
    Me hace sentir la fuerza interna que tenemos las mujeres, y también la que olvidamos que existe.
    Mil gracias.

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    • Eli, muchas gracias. Me alegra mucho que el artículo te haya hecho reflexionar.
      Te leí y me vino a la mente: estar en la mitad de la vida, es como estar en la mitad del día: el momento donde hay más claridad.
      Y si, las señoritas piceas me caen cada vez mejor. Da gusto verlas tan rectas, tan elegantes y seguras de sí mismas en medio de la nieve. Mira la cantidad que ha caído este año. ¿Y ellas como se lo toman? Tranquilas, listas para otra nevada; con absoluta confianza de lo que ya han vivido. ¡Inspirador! 😉

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  7. Mimono me alegra que hayas convencido a Juanita de que te llevara a ver la nieve pues así pude disfrutar con ustedes de este magnífico paseo, descubrir a las “señoritas” y sentir el frío en la nariz. Gracias por este paseo que me hizo sentir que la edad es lo menos importante en la vida, la actitud lo es todo y tu si que tienes actitud!

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    • Ana María, muchas gracias por tu comentario.
      Siempre es un placer leerte. Estamos de acuerdo, este paseo a la montaña en invierno fue toda una aventura que nos hizo dejar de lado miedos y prejuicios.
      Nos alegra que te haya hecho ver la edad desde otro punto de vista. Podemos decir: misión cumplida.
      Las señoritas Piceas son unas verdaderas maestras. 😉

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  8. Me dio pesar saber que las cortan tan jóvenes a las pobres piceas… menos mal parece ser que esos años son bien vividos
    Me sentí visitandolas… gracias por el texto! Y las fotos…

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    • Si Paola, estoy de acuerdo contigo. Da pesar y da para pensar. Imagínate todo lo que aún les queda por vivir, por hacer, por compartir. Eso si lo miramos como lo que son: seres vivos.

      Si lo miramos desde un punto de vista «humano-utilitarista» (donde el árbol es solo un objeto que nos ayuda a cubrir nuestras necesidades), podríamos decir: que tontos somos de cortarlos.

      Un estudio publicado en la revista Nature en el 2014 y que tuvo en cuenta 673.046 árboles en áreas tropicales y en templadas, señala que cuanto más viejo es el árbol, más CO2 absorbe.

      Es decir, que los bosques donde hay árboles antiguos pueden ser una clave para ayudarnos con la problemática del cambio climático.

      Muchas gracias por tu comentario. Siempre nos ayuda a avanzar. 😉

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