El arbolito que nos trae la luz

¿Quién es ese chico alto y puntiagudo que entra en nuestras casas en el mes de diciembre? ¿De dónde viene?  ¿Cómo hizo para entrar? ¿Cuántos años tienen sus familiares más longevos? ¿Por qué lo adornamos con bolitas y luces? ¿Cuál es su relación con el pesebre? ¿Hay bosques de arbolitos de Navidad?

Todo esto y mucho más en la edición especial de Navidad de Por las ramas. [1]

Tiempo de lectura: 13 minutos

© Por las ramas

Who’s that boy?

Sábado doce de diciembre del 2020: el arbolito de navidad entra triunfante por la puerta de mi casa. Mira cómo es de bonito, le digo a mi marido mientras lo instalamos en una esquina de la sala. Ambos estamos felices con el chiquillo. Su llegada inicia la época de navidad en nuestra casa: momento de luz en medio de la oscuridad.

Siguiendo las instrucciones del productor de árboles, le escogemos un sitio lejos del radiador. El objetivo: que el pequeño no sufra de calor. Lo “abrimos” (viene envuelto en una malla blanca) y un reguero de hojas en forma de aguja se esparce por el suelo. Decoramos con papel rojo el tiesto donde viene. Noto que la tierra está seca. Pobrecito, me dijo. Un vasito de agua calmará su sed

A primera vista, Mimono no parece interesarse en el recién llegado. Tampoco en nuestros movimientos alrededor de él. Sentado en el sofá de la sala, parece absorto en su lectura. Sin embargo, si uno lo observa, sus ojitos simiescos van y vienen del libro al árbol, del árbol a nosotros.

©Por las ramas

Está claro: el monito nos espía.

Me volteo y le dijo: Mimono mira que arbolito tan mono. El pequeño simio baja rápidamente la mirada, entrecierra los ojos, hace como si nunca hubiera perdido el hilo de la lectura. Le digo: te puedes subir a él, con la condición de no tirar al suelo la decoración. Lo observo un momento:  tiene el ceño fruncido y los labios crispados. Conozco a mi mono. Cuando se pone así es porque algo le molesta. Persisto: ¿no que querías un árbol en la casa? Nada, el monito sigue sumido en la lectura. Saco mi teléfono, le muestro:

Nino también tiene uno.

©Por las ramas

El miquito mira de reojo al minimo, mueve la cabecita, vuelve a la lectura.

Mimono que antipático, le digo. Deberías estar contento, finalmente tenemos en casa un árbol y no cualquiera: el que anuncia la Navidad.

Mi amigo se levanta, se sube encima del sofá y me mira fijamente. Sus ojitos simiescos muestran indignación y un puntito de tristeza. La espalda muy recta, los hombros echados hacia atrás. Unos segundos después, se aclara la garganta y me dice:

Juanita, ¿por qué traes a casa un arbolito que ha sido cortado?

Me quedo boquiabierta. Un segundo después entiendo: el miquito poeta es una víctima de la deforestación en Amazonía. Hace unos años perdió a su familia, a su tribu y la selva donde vivía.  A pesar de haber hecho de nuevo su vida en Europa, de haberse cultivado y volverse un ciudadano de bien en el primer mundo, este miquito tiene una herida.

Entiendo que tome como un agravio ver a un árbol cortado en la casa donde vive.

Mimono… no, espera, hay un malentendido. Míralo bien: está vivo. Sabias palabras: el miquito baja los hombros y mira tímidamente al arbolito. He debido decirle eso desde el principio.

Este año, hemos escogido un árbol que podamos replantar, le explico. Imposible hacerlo en el apartamento; así que antes de comprarlo preguntamos a nuestros conocidos quién podría adoptarlo. Mikael, que tiene un jardín, nos dijo que sí.

Ven y lo saludas, insisto. Mi amigo entrecierra los ojos, escruta el arbolito unos segundos, duda. Finalmente se baja del sofá dando saltitos, se acerca a la maceta y pregunta ¿Está realmente vivo?

©Por las ramas

Como tú y como yo, le confirmo. Y seguro te está escuchando.  Se voltea y me mira: en sus ojitos se ve un puntito de alegría.

¿Cómo se llama? Todavía no tiene nombre, le digo.  Está esperando que se lo pongas. Mueve la cabecita, asiente.

¿De qué bosque viene?

Mimono, aquí en Francia los arbres de Noël son sembrados en plantaciones dedicadas a su cultura.

Me mira. Su carita pasa de la sorpresa a la decepción. Mueve la cabeza pensativamente.  Luego contempla al árbol. Da unos pasitos hacia atrás para observarlo mejor.

¡Mira qué porte! dice. Mmm,voyons… ¿De qué arbolito se trata?  

Se pone las manos detrás de la espalda y comienza a darle la vuelta. Lo examina, diagnostica: color verde oscuro, ramaje denso, sus hojas no pican. Lo huele, concluye: aún sin olor a resina es hermoso.

Juanita, tu arbolito es un Abies nordmanniana. Un abeto. Más conocido como Abeto del Cáucaso (su lugar de origen) o Abeto de Nordmann (el botánico que lo dio a conocer). Pues Mimono, es el sapin de Noël, el de siempre, le digo mientras instalo las lucecitas.

No Juanita, dice moviendo la cabecita. Podría tratarse de su prima, la picea. Deberías saberlo, me responde con aire docto.  No son lo mismo. 

Ok, le digo. ¿Y cómo haces para saber la diferencia?, le digo poniendo una bolita.


Juanita, let’s talk about coníferas ! [2]

El abeto y la picea pertenecen al mismo grupo de árboles, las coníferas; y también a la misma familia, las pináceas. Su silueta tiene la forma de una pirámide. Sus hojas tienen forma de agujas y durante el invierno no las pierden, como si lo hacen el resto de los árboles.

 Producen conos: las de los abetos se alzan, los de la picea cuelgan.


Lo mismo pasa con sus ramas: los abetos las levantan hacia cielo, las de las piceas penden como una tapicería de lana verde.

Y como me ve tirando una rama para ponerle una cita, el miquito poeta me regaña: Juanita, deberías tratarlo con más respeto, dice subiéndose a una silla.

Estás al frente de un veterano. Es uno de los más hábiles warriors que ha pisado el planeta.

Las coníferas fueron los primeros árboles que brotaron en la tierra, justo después de los helechos arborescentes. Aparecieron en el planeta hace 350 millones años, en el período carbonífero. Juanita, son grandes estrategas.[3]

Be prepared, es su lema.[4]

  1. Para estar seguros de reproducirse, (y asegurar que su descendencia atravesara los siglos), dejaron sus semillas al desnudo, sin protegerlas por órgano alguno.
  2. Escogieron como domicilio lugares con condiciones extremas donde reinan el frío y la nieve. El extremo Norte y las alturas: las zonas del mundo donde estaban seguros que nunca les iba a hacer falta agua. Pero claro, en esas zonas tan frías, el precioso liquido se congela. Pues estos arbolitos pensaron en todo: sus hojas en forma de agujas y su corteza tienen una estructura interna que las protege del hielo y les permite soportar temperaturas hasta -40°.
  3. Sus agujas perenes son fantásticas. Les permiten hacer la fotosíntesis todo el año. Todas las coníferas las preservan, salvo los alerces.
  4. Desde su nacimiento una conífera debe estar lista para afrontar las nevadas. Su forma cónica y sus ramas flexibles actúan como una sombrilla que deja resbalar los miles de copos blancos que se posan sobre ellas. El mecanismo funciona perfectamente, a una condición: que crezcan rectas (muy rectas) para soportar el peso. Durante el invierno tendrán que soportar kilos y kilos de nieve.
  5. Por último (last but not least), su longevidad es sorprendente. Los árboles más antiguos del mundo son coníferas, dice el pequeño simio subiéndose encima de la mesa.

Maestros en el arte de perdurar en el tiempo

Hasta hace unos años el título del árbol más viejo del mundo se lo llevaba un habitante de las montañas de White Mountains, California. Su nombre: Mathusalem. Su edad 4.773 años.[5] Para obtener esta información, los científicos utilizaron la técnica de la dendrocronología: se cuentan y analizan los anillos de crecimiento de una parte de su corteza.

Pues imagínate que, en el 2004, la venerable picea Old Tjikko fue descubierta.[6]  La prueba de carbono 14 indicó que sus de sus raíces llevan bajo tierra… 9.550 años.

Old Tjikko ©Wiklpedia

Y eso no es todo. Hace poco, un trío de piceas de apenas 2 metros de alto fueron halladas en un bosquecillo: la mayor tiene 7.890 años. Sus compañeras de vida: 5.600 et 4.800 años respectivamente.

Los cuatro veteranos viven en Suecia y todos en el mismo condado: Dalarna, muy cerca de la frontera con Noruega. ¿Qué tendrá esa tierra que los hace tan longevos?

Los tejos son conocidos por su perennidad. En el Reino Unido se encuentran varios de los más antiguos. Siempre situados cerca de iglesias y cementerios la relación vida-muerte que tienen estos árboles es evidente. Se dice que el escocés “Fortingall Yew, ilustre habitante del pueblecito Fortingall, es el mayor de ellos. Se le calculan entre 2.000 y 3.000 años.  Algunos se aventuran a darle hasta 9.000 años.[7]

Juanita, ¡estos árboles nos enseñan lo que es el tiempo! dice abriendo los bracitos y cerrando los ojos.

Termino de poner las bolitas en el árbol y me viene la pregunta:

Mimono, ¿sabes de donde viene la costumbre de traer un arbolito a la casa y adornarlo?[8]

Oh, you know Juanita… es una tradición muy antigua, dice abriendo los ojos.

Tiene que ver con el pesebre.

©Por las ramas

Su origen remonta a los llamados «Juegos Litúrgicos» y «Misterios» medievales: representaciones que se daban en la plaza de la iglesia y que hacían parte de las celebraciones de Navidad y de la Epifanía.  Se ponían en escena el nacimiento del niño Jesús, la llegada de los pastores y finalmente la adoración de los Reyes Magos. Estas representaciones eran verdaderas piezas de teatro, todo estaba escrito y explicado: los diálogos, la puesta en escena, el escenario y naturalmente los días en que se llevaban a cabo. En Francia, el primer Juego fue escrito en la abadía de Saint-Martial de Limoges en el siglo XI.

Estas obras servían para que los feligreses entendieran lo que se estaba celebrando ese día. Acuérdate que en la Edad Media los textos eran en latín. Era difícil para los hombres «del común» de entender las reglas y los ritos de la religión. Con representaciones tan visuales como éstas, se instruía a los fieles y de paso, se animaban.

¡El teatro como fuente de aprendizaje… So clever!

La más célebre de todas estas representaciones fue la que organizó el gran San Francisco de Asís en 1223. Francisco, en ese momento diácono, pidió autorización al Papa Honorius III para celebrar la misa de Navidad fuera de la iglesia. El argumento: «aumentar la devoción de los habitantes» ¡Una idea digna de un genio!   Il maestro venerabile creó una puesta en escena nunca antes vista. Imagínate, Juanita: una gruta en medio de un bosque, un burro, un buey. Antorchas alrededor del pesebre, los fieles cantando…

¡Grande Francesco!  Un poeta, un amante de la Naturaleza.

Mimono, ¿es de ahí que vienen los villancicos?

Pues si… y no.  En Francia, los cantos de Navidad como los conocemos hoy en día aparecieron en el siglo XV. Te he dicho que esas representaciones se llamaban «Juegos Litúrgicos» y que el objetivo era animar a los feligreses: la performance, el canto y la música eran elementos clave. Con el correr de los siglos, los juegos se volvieron demasiado ruidosos.  Para reemplazarlos, se crearon los noëls (en minúscula), villancicos inspirados de los textos y diálogos de la liturgia.

Pero volvamos al árbol, me dice[9]  

Se sabe que, en Alsacia, la víspera de Navidad se hacia la representación llamada «El juego de Adán»: Adán y Eva en el Paraíso. Para simbolizar al árbol prohibido se utilizaba un abeto… único árbol verde en esa época del año. Se le adornaba con manzanas bien rojas y jugosas… por eso la costumbre de poner bolitas rojas. También se colgaban hostias, símbolo de Cristo.


Juanita… me temo que has cambiado la tradición.

Luego me mira. Sus ojitos simiescos ríen.

También fue en Alsacia, donde los primeros arbolitos de Navidad entraron en las casas

De la plaza delante de las iglesias, el abeto fue pasando poco a poco a las casas. ¡Todos querían tener uno! Con tanto éxito, que diversos documentos de los siglos XIV a XVI atestiguan que en la época de navidad se acostumbraba a ir al bosque y cortar árboles. Algunos mencionan la necesitad de limitar su tala. Se sabe, por ejemplo, que en 1521 en Sélestat, la tala de arbolitos fue tanta… ¡que tocó pagar guardias para protegerlos!  

Se sabe que a principios del siglo XVII ya se le adornaba con velas alumbradas en símbolo de Jesucristo, la luz del mundo.

Como la noche va cayendo poco a poco, prendemos las lucecitas. El miquito poeta se queda callado durante un buen tiempo…

Pensativo mirando al pequeño abeto…

©Por las ramas

De repente me dice:

Juanita, ¿no podríamos hacer como en la época del imperio romano? Traer simplemente una ramita, ¿en vez de todo el árbol?

Mimono, ¿y qué hacemos con los que trabajan en las plantaciones? Hay mucha gente que se ocupa de ellos todo el año.

Mi amigo reflexiona un momento y luego me dice una frase que (tal vez) cambiará la faz de la tierra:

¿Qué tal si en lugar de cortarlos, los apadrinan?

Se podría pagar para que el arbolito crezca bien y sano.

Y cuando llegue diciembre, los padrinos lo adornarían con luces y guirnaldas. Se celebraría la Navidad alrededor de él.

La fiesta de la Natividad en su lugar de nacimiento, sin desarraigarlo, sin cortarlo.

Y así crearíamos bosques de arbolitos de Navidad.

Me parece muy buena idea, le digo. Podríamos proponerlo.

¿Qué opinarán nuestros lectores? Habrá que preguntarles.

Mimono, ¿y finalmente cómo le ponemos a nuestro amigo?

Pongámosle Lucio. El arbolito que nos trae la luz.


Joyeux Noël.


Referencias

Foto El arbolito que nos trae la luz: ©Por las ramas

[1] Agradecemos a nuestros lectores Gustavo Valtierra, Mickael Dugave y Nadine Cretin por la ayuda en la escritura de este artículo. Gustavo, por darnos la idea y sus explicaciones sobre la cultura de pinos de navidad. Mickael, por querer adoptar nuestro arbolito y Mme Cretin por la valiosa bibliografía que nos facilitó.

[2] Office National des Forêts, «L’épicea, l’abre de Noël», disponible en http://www1.onf.fr/activites_nature/sommaire/decouvrir/arbres/resineux/20071025-071620-346116/@@index.html

[3] Andreas Honegger, Urs Möckli, «La mémorie des arbres», éditions Gründ, Paris p.12

[4] Peter Wohlleben, “La vie secrete des arbres”, edición Les Arenès, Paris, 2017, p.89.

[5] https://www.futura-sciences.com/planete/actualites/botanique-doyen-arbres-epicea-vieux-pres-8000-ans-15254/

[6] https://en.wikipedia.org/wiki/Old_Tjikko

[7] https://www.visitscotland.com/info/towns-villages/fortingall-yew-p249411

[8] Este capítulo esta tomado del artículo de Madame Nadine Cretin, « Le solstice d’hiver et les traditions de Noël », Revista digital Questes, mis en ligne le 21 décembre 2016, consulté le 10 diciembre 2020. URL : http://journals.openedition.org/questes/4371 ; DOI : 10.4000/questes.4371

[9] Este capítulo está tomado de: Françoise Lautman, dans le catalogue d’exposition Crèches et traditions de Noël (Ed. RMN, 1986, p. 149)


©Por las ramas

8 comentarios en «El arbolito que nos trae la luz»

  1. ¡Me ha encantado el post! He aprendido mucho leyéndolo, pero tengo una pregunta para Mimono. En alguna parte leí que la tradición de poner luces a los pinos y abetos provenía de los celtas. ¿Es cierto? Un abrazo. Bea

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    • Querida Beatriz,
      Muchas gracias por tu comentario y tu pregunta.
      Pues te cuento que entre los celtas y los pinos (o los abetos) si hay una relación. En nuestra búsqueda de información sobre las coníferas, encontramos que para los celtas los árboles representaban fuerzas de la naturaleza. Según el día del nacimiento, la persona estaba protegida por un árbol. En el calendario celta, las personas que nacían entre el 2 y el 11 de enero eran protegidas por el “sapin”. Lo que no sabemos a ciencia cierta es si ese “sapin”, era un pino o un abeto. En francés hay una sola palabra para los dos.
      Podemos mirar un poco mássobre el tema y naturalmente tu pregunta sobre las luces. Tan pronto la tengamos, te contamos. 😉

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  2. Juanita Estamos de acuerdo con mimono no hay que cortar los árboles sino apadrinarlos. Sería muy hermoso y novedoso que durante todo el año la familia estuviera pendiente de su árbol y que al llegar el mes de diciembre tuvieran la excusa perfecta para desplazarse a visitar ese miembro de la familia sembrado en honor a la naturaleza, buscando la protección del medio ambiente.

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    • Querida Claudia,
      Gracias por leernos y por tu comentario. Estamos de acuerdo contigo.:)
      Es una idea que esperamos pueda desarrollarse. Cambiaría nuestra relación con los abetos y con esta época del año.

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    • Querida María Eugenia,
      Muchas gracias por tu comentario. Nos alegra que nos leas y que aprendas. Mimono hace lo mejor que puede por ser claro y conciso en sus explicaciones.;)
      Te invitamos a seguir yéndote con nosotros Por las ramas.

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    • ¡Tristana muchas gracias !
      Pues te cuento. Debajo del árbol había un regalo de Mimono para Juanita… y otro de Juanita para Mimono.
      ¿Y sabes qué? Me has dado una idea: en la próxima Newsletter recibirán fotos exclusivas de la apertura de regalos. 😉

      El gatito es Nino.
      Vive con mi hermana Bea en Madrid. Mimono es fan de él. Lo llama “L’enfant terrible”. Para más información, no dudes en leer nuestro artículo: «Un gingko biloba llega a Annecy«.

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