El señor de los milagros -Tercera parte

¿Quién es ese Señor?

Es la pregunta que me estoy haciendo desde el capítulo anterior.

Ustedes también se la harían si una mañana al frente suyo, un árbol que nunca hubieran visto se transformara en hombre.

En este nuevo episodio de El señor de los milagros siguen las sorpresas:

Cae una tormenta en mi cuarto y Mimono finalmente sale de su silencio.

Al final del día obtengo mi respuesta, pero sigo completamente perpleja.

Tiempo de lectura:  12 minutos

©Por las ramas

Juanita, ¿me lees un cuento?

Oí que detrás de mí una vocecita conocida me hablaba.

Abrí los ojos y me volteé hacia la puerta.

El miquito amazónico estaba en piyama con un libro entre las manos.

¿Mimono?, pregunté.

El monito me miraba fijamente bajo el marco de la puerta y yo no lograba salir de mi torpor. Me sentía extraña, como si hubiera estado soñado durante mucho tiempo y la voz de mi compañerito, baja y lejana, me estuviera despertando suavemente. Varios segundos pasarían antes de poder recobrar mis sentidos nuevamente.

Juanita, por favor, ¿me lees un cuento?, repitió mi compañerito.

Parpadeé tratando de espabilarme.

¿Dónde estoy?

Mi escritorio, mi computador, mis estanterías, mi biblioteca y el pequeño sofá me dieron la respuesta: estoy en mi cuarto de estudio, me dije aliviada.  

Miré a mi alrededor: Había libros tirados por el suelo, papeles regados por todas partes, una taza de porcelana rota en mil pedazos en una esquina y una enorme mancha chorreando en la pared.

Dios santo.

¿Qué pasó?

Me senté en la silla y miré al miquito: recién levantado, completamente despelucado y el sueño todavía pegado a sus párpados. Se acercó dando saltitos y puso el libro sobre la mesa. Era un ejemplar grande, de cuero viejo y bordes dorados.

Inclinó la cabecita y me miró: algo en él había cambiado.  

Juanita, ¿me lees uno, por favor?, insistió.

No me lo podía creer.

Hacía dos semanas que mi amiguito se pasaba el día en la cama, que no hablaba y mucho menos leía una sola página. Después de dormir más de 24 horas, ese domingo me estaba pidiendo que le leyera una historia. Así, como por arte de magia.

El mismo día que yo había visto un árbol transformarse en hombre y que mi cuarto de estudio parecía un campo de batalla.

Definitivamente ese día estaban pasando cosas muy raras

El monito amazónico toqueteó impaciente el libro y me sacó de mis pensamientos. 

Mimono, me parece increíble verte así, le dije dándole un besito y poniéndolo sobre mis piernas. Lo abracé.

¿Cuál quieres que te lea?

Este, me dijo mostrándome una página en donde se podía leer: “El traje oscuro del Tejo”. 

Otro libro que no te conocía, le dije sorprendida.

Es mi cuaderno de apuntes, me respondió el miquito.

Dale, Juanita, léeme el cuento, continuo impaciente.

Pues si te va a ayudar a sanar, aquí va, le dije.


(Para escuchar este capítulo [1], haz clic en la flecha de color naranja)

Tiempo del audio: 4 minutos


Terminé de leerlo y me quedé un rato en silencio. 

Bajé los ojos, el miquito dormía plácidamente.

Me quedé mirando el suelo: papeles, libros, lápices y mis innumerables post-it, (esos papelitos que tengo pegados sobre las repisas y que me sirven de recordatorio) desparramados por toda la habitación. Las estanterías y la biblioteca estaban vacías, como si alguien hubiera botado todo al piso.

Dios… ¿qué pasó aquí?

Mi mirada se detuvo sobre la taza rota en mil pedazos y luego sobre la horrible mancha de la pared. Es té, me dije.

De repente, me acordé de lo que pasó.

Unos minutos antes de que mi compañerito se asomara por la puerta, yo estaba sentada frente al computador, una taza de té entre las manos, buscando la respuesta a la pregunta que me obsesionaba desde esa mañana:

¿Quién es ese Señor?

Era domingo. Esa mañana yo me había fijado en un árbol que estaba cerca de mi edificio. A pesar de su tamaño, nunca lo había visto. Había pasado horas mirándolo y en un momento dado, creí ver que se convertía en un hombre. Muerta de miedo y de curiosidad había salido corriendo, entrado en la casa como un trombo y desde ese momento me había puesto a buscar la respuesta.

Vamos a ver, ¿qué árbol es?

El único dato razonable que tenía en ese momento era que se trataba de una conífera: son los únicos que mantienen sus hojas en invierno.


Había comenzado mi búsqueda repasando los que ya conocía: Abetos y Piceas, los arbolitos de los Alpes.

Pero de un solo vistazo supe que por ahí no era.

Siguiendo con mis pesquisas llegué al Cedro, el arbolito originario de Oriente.

Pero el color de sus hojas me hizo dar marcha atrás.

El Señor que estoy buscando es mucho más oscuro, me dije.

No me di por vencida.

Empecé a seguirle la pista a la más americana de todas las coníferas: la Sequoia.

Un segundo después leía: “Es el árbol más grande del mundo (puede llegar a medir 110 metros).  

Ah no, no es él, me dije desanimada.

El de esta mañana era demasiado pequeño para ser parte de una familia de gigantes.


Ni idea. Me rindo. Dios…

¿Quién es ese Señor?

En ese momento cerré los ojos y pensé en él.

Lo vi de nuevo a unos cuantos metros de mi casa flotando como un fantasma en medio de la niebla.

Me acordé del frío que sentía en ese momento y de mis manos sin guantes, entumecidas bajo el helaje del final de la tarde.

De repente, noté que la temperatura del cuarto bajaba de unos grados. La calefacción, pensé. Tengo que prenderla. Traté de levantarme de la silla, pero no pude. Algo me retenía.

Un instante después sentí una corriente de aire rozar mis hombros y los post-it empezaron a balancearse sobre la repisa.  



© Por las ramas

¿La ventana está abierta?, me pregunté echando un vistazo hacia mi derecha.

El picaporte perfectamente cerrado me dio la respuesta.

Un instante después sentí una caricia en mi nuca.

Había alguien detrás de mí.

Todos los pelos de mi cuerpo se erizaron.

El airecillo se tornó en brisa; varias hojas de mi escritorio quedaron regadas por el suelo. Traté de recogerlas, pero de nuevo mis piernas no me respondieron.

El viento soplaba cada vez más fuerte, en el cuarto hacía muchísimo frío y en un momento dado oí que a mis espaldas algo caía. Los libros de la biblioteca, pensé.

De pronto, el mueble con ruedas que tengo para guardar carpetas se estrelló contra la mesa y lápices y esferos rodaron hacia el piso.

Una ráfaga me arrebató la taza de té que tenía entre las manos y la lanzó contra la pared; solo en ese momento sentí que me podía de nuevo mover.

Me quedé quieta.

No me atrevía a mirar hacia atrás, estaba segura de que alguien estaba al otro lado de la pieza.

Mis manos temblaban y yo sentía que el corazón se me iba a salir por la boca.

Los últimos libros que quedaban en la estantería cayeron pesadamente.

Poco a poco el vendaval empezó a amainar, hasta volverse una suave brisa que jugaba con las hojas esparcidas por el suelo.

Me di la vuelta lentamente y vi.

Porte de pirámide abombada, follaje sombrío y denso ondeando en medio de la pieza:

A unos cuantos centímetros de mí estaba el árbol que yo había visto esa mañana.

En ese momento como por arte de magia el viento cesó totalmente.

Me quedé quieta.

No podía dejar de mirarlo.

No era muy alto. Su corteza era rojiza y sus ramas extendidas hacían pensar en los brazos de un hombre gritando. Sus hojas eran delgaditas, afiladas y de un verde tan oscuro que le daban un aspecto solemne. Estábamos tan cerca que hubiera podido tocarlo, pero algo me dijo que era mejor contenerse

Todo en él inspiraba respeto.

Mi miedo había dado paso a la fascinación. 

De pronto, un olor a rancio se difundió por todo el cuarto. Era una mezcla de tierra y sangre secas, de sudor frío, de humedad revuelta con desaliento.

Huele a Muerte, pensé.

Me levanté de la silla con la clara intención de abrir la puerta y salir corriendo de la habitación.

En ese instante, sentí que del techo caían gotas sobre mi cabeza.

Miré hacia arriba; un segundo después se puso a llover en la pieza.

La lluvia menuda se tornó en aguacero y en un minuto el escritorio, las estanterías, el sofá, la biblioteca, los libros y los folios quedaron empapados.

Mi cara, mi cabello, mis ropas chorreaban.

El hedor se disipó y un olor a musgo, hojas y madera mojada inundó la habitación.

La energía se fue suavizando, dando lugar a una increíble calma.  

Olía a fresco, a rebrotes, a primavera.

Huele a Vida, me dije.  

Me volteé de nuevo hacia el árbol. Ahora sus ramas rebozaban de frutos pequeñitos que se mecían como campanitas en medio de la lluvia. Tenían un color rojo brillante y alegre, que contrastaba con la sobriedad de sus hojas.  

Todo en él infundía una increíble serenidad.

En ese momento, algo me dijo que este Señor conocía perfectamente lo que significaba el paso del Tiempo; tanto, que le había ganado la batalla a la Muerte.

Este árbol es inmortal, pensé.

Bajé la mirada. De la base de su tronco se asomaron un par de pies.

En el instante que el árbol empezó a transformarse, la vocecita de Mimono me sacó de mi encantamiento.

Esta vez no soñé, me dije mirando alrededor mío.

Estoy segura: una fuerza de la naturaleza pasó por esta pieza. 

Un instante después sentí que el miquito se movía en mi regazo.

Mimono ¿quieres comer algo? Me dijo «no» con la cabecita.

Cerré el cuaderno y lo puse encima de la mesa. 

Tomé al monito en mis brazos, lo llevé a su cama, lo arropé y le di un besito. Buenas noches monito, le dije cerrando la puerta.

Estaba anocheciendo. De repente me sentí terriblemente cansada. Voy a comer algo y luego me voy a la cama, me dije. Mañana veré por el desorden del cuarto. Entré y apagué el computador. En ese momento me fijé en el cuaderno del monito.

Alguien lo había abierto. En la página, una frase :  

¿Quién es ese Señor?

Tomé el cuaderno en mis manos y pasé la página [2]

La conífera más europea es definitivamente so special: ni hojas en forma de aguja, ni conos, ni resina.

Para los humanos este árbol nunca ha pasado desapercibido.

O se le teme o se le adora.

Su reputación de Mad, bad and dangerous to know lo ha perseguido durante siglos.

Reconocí la escritura de Mimono. Seguí leyendo.

Símbolo de la vida eterna

Su increíble longevidad ha hecho de él un símbolo de la inmortalidad. El hombre siempre lo ha sabido: el Tejo puede vivir más de 1 000 años.

Tejos milenarios hay por toda Europa, especialmente en el Reino Unido. El escocés Fortigall Yew tendría entre 2000 y 3000 años.

Es un árbol que renace de sí mismo: crea rebrotes. Su tronco (hueco al interior) es capaz de producir nuevos troncos que van tomando el relevo del antiguo.

A las primeras informaciones, se unieron otras más inquietantes.

Guerra, toxina, cementerios y brujería: por donde se mire este árbol representa la Muerte.

Durante siglos fue considerado el árbol de la guerra en el continente europeo y en las islas Británicas: sirvió para crear arcos y mazas y envenenar las puntas de las flechas.

El hombre lo hizo su aliado más fiel para deshacerse del enemigo.  Claro, es que, de arriba abajo, el Tejo cumple con los requisitos requeridos.

Para algunos animales, incluido el hombre, el Tejo es por esencia, venenoso. Sus hojas, su corteza y sus semillas tienen taxina, un alcaloide que ataca el corazón y detiene la respiración.

La única parte del árbol que no tiene toxinas son sus arilos… siempre y cuando se le quiten las semillas que llevan dentro.

Además, durante siglos se le ha relacionado con la brujería: bien sea para su práctica, o como protección contra ella.

En las islas Británicas, al Tejo se le otorgaba el poder de amparar a los difuntos contra los maleficios… ¿tal vez sea una de las razones por las que a menudo se le encuentra en los cementerios? 

En la página siguiente, una foto:  



© Por las ramas

Lo reconocí en seguida.

Es él, me dije. Es el árbol que vi esta mañana.

El mismo que hace unos momentos estaba en este cuarto, dije mirando el reguero esparcido por el suelo.

Cerré el cuaderno y me quedé pensando un momento.

¿Qué hacer? ¿Salir corriendo?

Miré el reloj: en unos minutos serían las 6 de la tarde, la hora del toque de queda.

¿O bajar a verlo?


TO BE CONTINUED… AGAIN


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Referencias

Fotos:

«El señor de los milagros – Tercera parte» fue tomada por Adam Przeniewski para Unsplash

Abies nordmanniana fue tomada por Paul, CC BY-SA 2.0 via Wikimedia Commons

Piceas: © Por las ramas

Cedro del Líbano fue tomada por Olivier BEZES, CC BY 2.5 via Wikimedia Commons

Cedro del Altas fue tomada por Jeffdelonge CC BY-SA 3.0 via Wikimedia Commons

Sequoia fue tomada por Vladimir Kudinov para Unsplash

Bibliografía

[1] «El traje oscuro del Tejo» («L’habit sombre de l’if») es un cuento inglés, recopilado por la cuentera Édith Montelle en el libro «Histoires d’arbres, des sciences aux contes» de Phillipe Domont y Édith Montelle, ediciones Delachaux et Niestlé, p.239. La traducción es mía. 

[2] Este capítulo está documentado de los siguientes libros:

Phillippe Domont, Edith Montelle, Histoires d’arbres, Delachaux et Niestlé, Paris, 2014, p.230-239

Pierre Lieutaghi, Livre des Arbres, Arbustes et Abrisseaux, p. 755

Bernard Bertrand, L’herbier boisé, éditions Plume de carotte, p. 106-107

Robert Graves, Les Mythes Celtes, La Déese blanche éditions du Rocher, 2007, p. 223


© Por las ramas


8 comentarios en «El señor de los milagros -Tercera parte»

  1. Admiro la erudición de la autora en cuanto a la multiplicidad de árboles exóticos.
    El inicio del cuento me recordó al Principito en el desierto del África. Me extraña
    que el Mimono, sabiendo leer, le pidiera a su ama que lo hiciera. ¿El autor de ese
    cuento era el Mimono?

    Responder
    • Hola Antonio

      ¡Muchas gracias por tu mensaje!

      Nos dices que el principio del cuento te recordó a El principito… Antonio, creo que tienes dones de adivino. Te cuento que, efectivamente escribiendo este capítulo, me volví a leer ese libro… con un especial interés en la parte del zorro (es mi favorita).

      Tienes razón, Mimono sabe leer (en varios idiomas y bastante bien). Pero como estaba malito, me dijo que le leyera un cuento. Es su manera de pedir que lo consienta. (El miquito es ciertamente un intelectual, pero en el fondo todavía es un niño.)

      Acerca del cuento que le leo:
      «El traje oscuro del Tejo», es un cuento inglés. No conozco el nombre del autor. Lo encontré en francés en el libro « Histoires d’arbres, des sciences aux contes». Fue recopilado por Édith Montelle, una cuentera suiza especializada en cuentos de árboles. La traducción es mía. 🙂

      Y muchas gracias por lo de la erudición… ¡que piropo!

      Un gran beso,
      Juanita

      Responder
  2. Maravilloso cuento! Gracias a los regalos de las hadas se han diseñado algunos de lo laberintos verdes más bonitos del mundo. ¿Qué pasará ahora?

    Responder
    • Hola Beatriz,

      ¡Muchas gracias por seguirnos!

      Si, las hadas se lo concedieron y los jardineros (en especial los ingleses), lo saben: el Tejo se presta a la maravilla para ser podado. Se hacen esculturas y laberintos con él.

      ¿Qué pasará ahora?, nos preguntas.

      En mi opinión, la narradora está demasiado fascinada por ese hombre-árbol como para no ir a su encuentro.
      Es más, yo diría que está encantada.

      ¿No decía Mimono que al Tejo siempre se le ha relacionado con la brujería?

      ¿Qué pasará ahora? Mmmm.

      ¿Salir corriendo o bajar a verlo?

      That is the question. 😉

      Responder
  3. Quiero seguir leyendo …! Como nos dejas en continuará otra vez? Lo que mas me gusto fue escuchar tu linda voz cuando le estabas leyendo el cuento a Mimono. Cada vez me sorprendes con tu creatividad.
    Un grandisimo abrazo,
    Maria Clara

    Responder
    • ¡Muchas gracias María Clara!

      Si, si… to be continued again.
      La culpa la tiene la inspiración, que va dando la información así, de a poquitos.
      (Te confieso que a nosotros este Señor también nos tiene en suspenso.) 😉

      » Creatividad»… muchas gracias. Que piropo. 🙂
      (La inspiración también hace de las suyas sobre este punto).

      Un abrazo grande,
      Juanita

      Responder
  4. Hola querida Juanita:
    Que amable y grato resulta leer tus cuentos, en los cuales manejas inspiración, brillante imaginación, prosa fresca y ágil para transmitir a través de ella, tanto la forma de ser de cada protagonista así como la callada pero esencial presencia del bosque y su vida .
    Muchas gracias
    Un cariñoso abrazo

    Responder
    • ¡Muchas gracias, José!

      Muy motivante lo que nos dices.

      Si, el bosque está ahí. Lo forman los árboles de los cuentos de Por las ramas: Ginkgo biloba, Abeto, Piceas, Tejo y Robles. Cada uno ha pedido que contemos su historia.
      Esperamos que vengan más árboles y cuentos; y que gracias a ellos el bosque de Por las ramas siga creciendo.

      Este verano estamos contando la historia de dos pequeños robles huérfanos y su mamá- árbol. Madre e hijos nos han pedido que la contemos en español… y también en francés. La razón es sencilla: es una historia real y queremos compartirla con dos franceses que tienen que ver con los sucesos.

      Por eso el comité de redacción de Por las ramas ha decidido publicarla en nuestra página Facebook.

      La historia de El señor de los milagros continuará dentro de poco, aquí, en nuestra página internet.

      Un abrazo grande, grande,

      Juanita y Mimono

      Responder

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